¿Atacar los síntomas o pensar en sus causas?

Sin entrar en cuestiones puramente conceptuales, digamos que quien recurre a un profesional de la salud de manera voluntaria lo hace porque ha detectado que tiene un síntoma de que algo no anda bien: una manifestación de que algo no funciona correctamente, lo que antes funcionaba para determinadas situaciones ya no funciona. Por ejemplo, aquel que cuando se sentía aburrido lograba salir de ese estado prendiendo el televisor y mirando el noticiero, y de pronto se encuentra con que al hacer eso se aburre más aun.  Si este estado de aburrimiento termina por extenderse a otras actividades, el sujeto llega al consultorio del psicólogo: "no sé qué me pasa, todo me aburre, nada me satisface, no sé qué hacer con mis días".


Es sensato que cuando alguien percibe una dificultad con su salud- sea del tipo que sea-, recurra al profesional para que lo cure. Cuando por ejemplo en estas épocas invernales nos azota una gripe, o una angina, o una bronquitis y llamamos al médico no vamos- por lo general- a demandarle que nos baje la fiebre por un rato, sino (entre otras cosas, como pedir certificados para el trabajo) que le vamos a pedir que nos cure, vale decir: que la fiebre baje y no vuelva a subir. Y si con el tratamiento recomendado esto no ocurre, si la fiebre baja pero luego vuelve a subir y el malestar se mantiene por largo tiempo, suele cuestionarse la idoneidad del profesional para diagnosticar, recomendar, recetar... en suma: para hacer su trabajo de manera eficiente. La salud mental no es la excepción, y cuando vamos a  mostrarle nuestro síntoma al psicólogo- al menos la mayor de las veces- es para que nos cure. Es lógico.

Surge entonces una cuestión interesante e importante para pensar la clínica en salud mental: ¿qué es la cura? ¿qué es curar? ¿qué quiere decir estar curados? Como dije al principio, no vamos a entrar en cuestiones profundamente conceptuales, no es el objetivo de este espacio. Lo que sí podemos hacer es entrar en cuestiones prácticas, cotidianas. Ya sabemos que tenemos un síntoma, y que el síntoma es una manifestación de que algo no anda bien. Sabemos también que el objetivo- al menos el más manifiesto- es la cura, que nos curen... y podemos agregar: ¡YA! Querer curarse rápido también es lógico.


En este punto podemos recordar otra acusación común que se nos hace a los psicoanalistas en relación a que el tratamiento es largo y tedioso. El otro extremo es el mundo de las terapias breves, centradas en el síntoma: ofrecen acabar con el sufrimiento en pocas entrevistas - son las preferidas de las obras sociales -  prometiendo eliminar ese maldito síntoma, que no deja de molestar, volviendo así de alguna manera al equilibrio del que el paciente gozaba previamente: que el noticiero haga desaparecer el aburrimiento. La técnica se centra por lo general en reforzar los aspectos más conscientes y/o accesibles a la conciencia de la personalidad (la autoestima, por ejemplo), centrándose en el pensamiento, el comportamiento, la conducta efectiva. En pocas palabras: se trabaja sobre la voluntad. Reforzando esa voluntad el paciente se podrá decir a sí mismo: "el noticiero me informa, y eso es interesante, y no tiene por qué aburrirme, al contrario, me entretiene y bastante", ser de nuevo autónomo, dueño de sí mismo. De nuevo: es lógico. Si antes nos entretenía ¿por qué no habría de entretenernos ahora, si sigue siendo el mismo noticiero que veíamos ayer?
Entonces hemos conseguido nuestro objetivo: todo está en paz, como estaba antes, ¡y sólo necesitábamos reflexionar un poco! Nuestro síntoma ha desaparecido. Y los psicoanalistas, después de unos meses, nos encontramos con este mismo paciente que al parecer estaba felizmente curado. Ahora el noticiero lo entretiene... pero jugar al fútbol, algo que tanto disfrutaba, de  pronto lo aburre mucho. El síntoma, exactamente el mismo síntoma ha vuelto a aparecer, sólo cambió el objeto que aburre. Entonces ¿estaba felizmente curado?


Voy a seguir con el ejemplo de la gripe, que me es tan cómodo: Decía que cuando tenemos una gripe, esperamos que el médico haga su gracia y nos cure. Ahora, también sabemos que una gripe común, la más común, por lo general es de origen viral. Esto quiere decir que la enfermedad terminará sin complicaciones por sí sola cuando la vida útil del virus llegue a su fin. En estos casos, el médico receta una pastillita para bajar la fiebre y reducir los dolores musculares, tan molestos ellos en la gripe. Con esto quiero decir que el medicamento que el profesional receta no apunta a curar la enfermedad, sino a reducir los síntomas para ahorrarle sufrimiento al paciente. Lo cierto es que no toca la enfermedad, no se le acerca: el médico sabe que si toca la enfermedad con un medicamento que no sirve para tratarla pueden pasar dos cosas: en el mejor de los casos, no tendrá efectos. En el peor, tendrá efectos adversos. 
Pero algo es cierto: con fiebre o sin fiebre, la gripe sigue estando, aun estamos enfermos, hasta que estemos curados: sea porque se cura sola o porque tiene origen bacteriano y se la trata adecuadamente. En suma: la desaparición de un síntoma no quiere decir que estemos curados. Y esto queda en evidencia cuando de pronto, pasadas las 8 hs. de efecto del medicamento, la fiebre vuelve. O cuando después de algunas semanas sin aburrimiento, el paciente entra nuevamente en el desgano: qué es lo que aburre, que cambie o no, es poco importante. Lo realmente importante es que se ha curado el síntoma, pero no se ha curado la capacidad para generar nuevos síntomas, vale decir: la enfermedad. 

Entonces, podemos ubicar aquellas terapias en el grupo de las psicoterapias que se deshacen del síntoma: son terapias sintomáticas. Son rápidas, menos tediosas y de una efectividad muchas veces inmediata, envidiable... aunque no curan la enfermedad.

Los psicoanalistas nos paramos en el otro extremo, como una terapia causal, si se quiere: lejos de centrarse simplemente en el síntoma, iremos  a un paso anterior: el psicoanálisis apunta a encontrar la causa de ese síntoma, las coordenadas que hicieron que ese síntoma apareciese y por qué en ese momento y desarticularla, es decir: intentando curar la enfermedad, la capacidad de generar síntomas nuevos desarticulando sus causas. Este trabajo lo hacemos poniendo al sujeto que consulta por sobre el resto de las cosas. Así, a la vez que levantamos el síntoma, buscamos que este no vuelva. Y diría que primero lo segundo, porque lo primero se da por añadidura.

Muchas de las situaciones que referí anteriormente dije que eran lógicas. Y bien, el psicoanálisis no pone su énfasis en las cosas lógicas, de hecho busca romper con esa tendencia a la lógica de barrio, al sentido común: como no es lógico que algo que se disfrutaba, algunas veces lo más importante en la vida de alguien, de buenas a primeras ya no se disfrute. Como tampoco es lógico que esto se solucione por vía de la voluntad, cuando es la voluntad la que  ha entrado en conflicto con la (no voluntaria, "inconsciente", digamos) dificultad  para disfrutar, lo que deriva en displacer y el sufrimiento.

Esto también llama la atención sobre aquel precepto que agrupa a los psicólogos en la bolsa de los psicólogos son todos iguales. No todos los psicólogos trabajamos de la misma manera, no todos tenemos la misma orientación, no todos tenemos la misma ética. El psicoanálisis trata a cada sujeto como lo que es: un ser individual, irrepetible, marcado por su historia, sus experiencias, una existencia que le es completa e irrepetiblemente propia, y por lo tanto escapa a cualquier tipo de fórmula. Por una razón simple: cada sujeto es único e inigualable, y el psicoanálisis vela porque esto siga siendo así ¿Qué mejor que poder disfrutar de la propia singularidad?

Hasta la próxima.